lunes, 26 de abril de 2010

El problema no es el velo.

Por: Carmela Díaz



Cuando pisé mezquitas en África y Oriente cubrí mi cabeza y me descalcé, cuando visité el Polo Norte comí sin rechistar carne de reno, en México acepté todos los tequilas que tuvieron a bien invitarme, en Brasil vestí de blanco inmaculado para recibir el año nuevo… Podría seguir enumerando situaciones similares a lo largo y ancho del planeta, pero lo importante es el porqué: lo hice por cortesía, educación o consideración hacia mis anfitriones y sus costumbres locales.
¿Velo sí o no? Es obvio que la vestimenta no define el fondo de una persona: ¿cuántas veces hemos errado prejuzgando a alguien por su ropa o aspecto exterior? El dichoso trozo de tela me resulta indiferente siempre que la mujer lo luzca de manera voluntaria: si lo hace obligada o por temor y lo consentimos, seríamos cómplices de la tiranía del fanatismo. Pero si una niña musulmana acude a clase con velo también podrá hacerlo la profesora con tocado, el maestro con chapela o los alumnos con gorras de sus ídolos deportivos: igualdad para todos, ¿no?



La religión no guía mi vida y me alegra pertenecer a una sociedad multicultural -lo dice una viajera incansable que se ha empapado de hábitos dispares en cada continente-, pero retirar crucifijos en España y mimar otros usos religiosos es pelín incoherente… ¿Eliminar la carne de cerdo en los menús de los comedores infantiles? ¿Y por qué no llevar traductores de cada nacionalidad a las escuelas para no perder fluidez en las respectivas lenguas maternas? ¿Cuál es la diferencia? ¿Y quién nos garantiza que si cedemos al velo el siguiente paso no sea un burka? A veces el exceso de corrección política desemboca en situaciones esperpénticas. Jamás se puede complacer al 100% de la población en el ejercicio público porque nunca lloverá a gusto de todos, pero debe prevalecer el sentido común y el bienestar de la mayoría -razón de ser de la democracia-. Es magnífico -aún más, es obligado- respetar la diversidad cultural, pero empezando por la propia: cuando un país descuida su esencia está abocado a la autodestrucción.






Es lógico que los que llegan a España -o a cualquier otro país- para iniciar una nueva vida, además de contar con todo nuestro apoyo, deban aceptar el idioma, tradiciones, costumbres, leyes, reglas o cultura del destino que los recibe. No tanto por los que acogen -que también-, sino por el propio bien de los acogidos: de lo contrario no serán felices. Además, ¿no es un sinsentido que los que buscan un nuevo horizonte se obcequen con lo dejado atrás sin abrirse a nuevas formas de ver y vivir la vida?



La integración es necesaria en cualquier comunidad, la convivencia multicultural enriquece y la tolerancia es símbolo inequívoco de sabiduría: ojo, la tolerancia sin abandonar un ápice el sentido común.



PD. ¿También hay que respetar “tradiciones” como la lapidación de adúlteras, el ahorcamiento de homosexuales o las extirpaciones de clítoris?

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