lunes, 24 de mayo de 2010

Cazadores furtivos de intimidades

Por Carmela Díaz


El morbo que despiertan las vidas ajenas nunca he alcanzado a comprenderlo del todo: quizá porque todas mis energías están focalizadas en vivir la mía apurando cada segundo.

Es obvio que determinada prensa y la proliferación de programas dedicados a desmenuzar obra, milagros o entrañas de famosos, famosillos, seudo-famosos y personajes inclasificables es debido a que tienen su público, son rentables para sus promotores y hay voluntarios que se prestan al juego. Absolutamente nada que objetar: cada cual es libre de dirigir su vida como le plazca. Si la venta de intimidad cotiza a la alza y es negocio para los que tienen estómago de salir a la calle sabiéndose la comidilla de toda España, adelante. Si los hay que quieren formar parte del juego de la rumorología no contrastada, las infamias indiscriminadas, los juicios paralelos y la pérdida de dignidad, es su decisión. Si algunas buscan fama rápida o incrementar cuenta bancaria cazando partidazo para conseguir bolos o rentabilizar esa relación vía posados monótonos sucesivos, están en su derecho de engrosar la lista de mujeres florero. Si los hay que alimentan ego coleccionando pibones de aúpa para su lucimiento personal, mejor para ellos. Pero como dirían los americanos, hay víctimas colaterales: lo que para algunos es distracción y entretenimiento para otros es vergüenza y sufrimiento. ¿Cómo deben sentirse padres, hijos, maridos y mujeres observando como los suyos son despellejados públicamente? Y ni te cuento lo tremendo de enterarte por la prensa de las traiciones del corazón que te afectan a ti y sólo a ti…


No olvidemos a los más perjudicados: los que atesoran secretos que serían bomba de relojería mediática, pero se han cuidado de mantenerlos bajo siete llaves -aunque como dicen los servicios de inteligencia: “si no quieres que algo se sepa, no lo pienses”-. Sus motivos tendrán los susodichos para no salir a la palestra: mantener anonimato, conservar -o conseguir- un prestigio profesional, urticaria a compartir con el mundo relaciones íntimas, ser reconocido por el talento y no por la entrepierna, conservar identidad propia, mantenerse alejados de la carroña humana… Y de repente… ¡Zas! ¡Pillado! Su rostro comienza a inundar la prensa, imágenes robadas emitiéndose de programa en programa, fotógrafos en la puerta de trabajo, casa y coche, “alcachofas” a tutiplén asfixiándole al pisar la calle, fulanitos que dicen conocerle desde el colegio inventando detalles relativos a una inexistente amistad… En contra de su voluntad, a pesar de su discreción, les han fastidiado una feliz y plácida existencia: calumnias en prime time consiguen dinamitar en segundos reputaciones de toda una vida. Ya conocen aquello de “difama que algo queda…”.

Una de mis dedicaciones es la comunicación: reconozco las temáticas de interés, los asuntos noticiables, la importancia de los nombres y apellidos para destacar titulares… Les aseguro que la defensa de la libertad de expresión es innegociable para mí, de igual manera que mantengo absoluto respeto por los que gustan hacer de su privacidad un circo. Pero jamás se debería ultrajar el respeto a la intimidad y al honor de quienes se lo han ganado con comportamientos intachables al respecto: pongamos coto a los cazadores furtivos de intimidades.

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