jueves, 20 de mayo de 2010

Los militares y la Democracia

“Quieto todo el mundo”. Esa tristemente célebre frase, acompañada de la imagen de un teniente coronel de la Guardia Civil, pistola en mano, ocupando el Estrado de los Oradores del Congreso de los Diputados es, muy posiblemente lo primero que a la mayoría de los españoles se les viene a la cabeza al nombrar “Ejército” y “Transición”. Y no les falta razón, los denominados “ultras” eran una basta mayoría no sólo en los ejércitos, sino también en la Benemérita y en la entonces Policía Nacional, ambos también organismos militares en la época.

Pero aún siendo así las cosas, creo que ya es hora de que se haga justicia a los valientes militares que, poniendo en peligro sus carreras y, por qué no decirlo, también sus vidas, constituyeron un apoyo fundamental para naciente Democracia. Y es que, si bien los miembros de la UMD –Unión Militar Democrática- pasaron a la historia como los únicos miembros de las Fuerzas Armadas con ideología democrática, lo cierto es que fueron muchos más los que tenían una mente claramente aperturista. Y no precisamente los más jóvenes. Hablo de hombres como el Teniente Coronel Casinello, asignado a los servicios de información de la Presidencia del Gobierno, que fue la pieza clave para que Tarradellas volviese a España, aceptando las reglas del juego democrático. Hombres que, llegado el momento clave, supieron ser leales a la Constitución y al pueblo español, trabajando para frenar intentonas golpistas o aplacar a los “ultras”. Hombres como el posteriormente nombrado Director del CESID, el general –entonces comandante- Emilio Alonso Manglano, jefe de Estado Mayor de la Brigada Paracaidista en el 23-F, primera unidad militar en quedar a disposición del Rey y de la Constitución en tan crucial día. O como el “Guti”, el afable General y Vicepresidente del Gobierno, Gutiérrez Mellado, artífice de las imprescindibles reformas militares que acabarían en la creación del CESID, un servicio de información homologable al resto de los servicios similares del entorno europeo, desmantelando el SECED, destinado a la inteligencia interior y la represión política, o la aprobación de la Ley de Criterios Básicos de la Defensa Nacional, que sustituía a las obsoletas Reales Ordenanzas de Carlos III, creando de este modo unas leyes militares acordes a la Constitución. Y por supuesto hombres como los generales Sáenz de Santamaría y Aramburu Topete, directores en el día del golpe de estado de la Policía y la Guardia Civil respectivamente. Cuerpos ambos que, obviamente a excepción de las unidades golpistas de Tejero, quedaron desde el primer momento a disposición del Rey y de la Constitución.



Y ya que hablamos de los hombres de Tejero, aquí llega el momento de empezar a hacer justicia al estamento militar. La historia ha sido benévola con los militares citados con anterioridad, pues ocupaban cargos de importancia en el momento clave, y fueron la “cabeza visible” de los militares leales. Y así los golpistas comandados por Tejero, o los miembros de la División Acorazada Brunete, sublevada ese día y la Unidad más potente del Ejército Español, pasarían a la historia como los malos de la película. Y no fue así exactamente. Ni mucho menos. El señor Tejero había intentado, horas antes del golpe de estado –una chapuza, militarmente hablando, según los entendidos, dicho sea de paso- reclutar a las tropas para el asalto al Congreso en varias unidades de la Benemérita, que se negaron rotundamente a acceder a tales propósitos. Y es que, finalmente, los asaltantes serían reclutados por Tejero en la Agrupación de Tráfico del Instituto Armado. Sí, los asaltantes eran guardias de tráfico en su mayoría, y fueron llevados bajo engaño al Congreso. A algunos se los subió en los autocares diciendo que iban a realizar unas maniobras; a otros se les dijo que un comando de ETA había asaltado el Congreso y que ellos iban a liberar a los Diputados. Y así sucesivamente. ¿Y la Brunete, qué? Pues más de lo mismo. Engaños a las tropas, y zancadillas, muchas pero, evidentemente disimuladas, a los movimientos de los golpistas desde dentro. Esto es, los oficiales hacían preguntas y más preguntas, intentando retrasar los movimientos, los despliegues de tropas hasta conseguir el fracaso de la intentona.



Pero no fue sólo en el golpe de estado donde los militares demostraron que dentro del Ejército había un núcleo claramente demócrata, aunque minoritario. Días antes de las elecciones del año 1982 que llevarían al Gobierno a los socialistas, consumando con la alternancia política el asentamiento de la Democracia, los servicios secretos –militares, obviamente- desmantelarían una nueva intentona de golpe de timón. Y poco a poco, el Ejército se hizo con la confianza del Gobierno y del pueblo español, a golpe de demostrar lo que valen, de demostrar su compromiso con la Democracia no solo en España, sino también en el resto del mundo, ya que nuestras tropas –incluyendo a la Guardia Civil, único cuerpo de seguridad de carácter militar desde la Ley de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de 1986- han participado en múltiples misiones de pacificación por todo el mundo –misiones de GUERRA, ojo, pero con el objetivo de mantener o instaurar la paz y la Democracia en países carentes de ella-, ganándose la confianza y el respeto no sólo de los españoles, sino también de los ciudadanos de esas naciones. Y a día de hoy, siguen haciéndolo, dejando el Pabellón Español muy alto.

Por algo nuestras Fuerzas Armadas son la Institución mejor valorada por los españoles.

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