lunes, 3 de mayo de 2010

Una historia triste

Corría el año 1933 cuando, pongamos que una mañana cualquiera, de un mes también cualquiera, alguien dejó en el torno giratorio de la puerta de entrada del entonces Hospital de Beneficencia de Pontevedra, hoy sede CHOP o “Complexo Hospitalario Universitario de Pontevedra”, integrado en la red del SERGAS, un extraño paquete. Me imagino la mirada atónita de las monjitas dedicadas a las labores de asistencia en el humilde hospital al comprobar que el paquete era, en realidad un niño de corta edad.

Y tan corta. El pequeño había nacido tres años antes (hoy lo sabemos) en la localidad pontevedresa de Lalín. Agapito Pazos Méndez, padecía una discapacidad psíquica, además de distrofia muscular que en los miembros inferiores con deformación, a la que se sumaba también la distrofia de su mano derecha. Ni las pobres monjitas pudieron hacerse cargo de él hasta el final de su vida, de modo que desde 1993 era la Fundación Sálvora la responsable o tutor legal del mismo.

Lo curioso, a la par que dramático de esta historia, es que cuando el pequeño Agapito entró en el hospital, ya nunca más lo abandonaría, hasta su muerte acaecida el pasado 24 de abril de este año. Sólo en una ocasión y gracias a Eloy, un celador ya fallecido, abandonó los muros del hospital para ver el mar, en una aventura de dos días por las Rías Baixas.

Agapito pasaría de ser “un paciente” asentado en la habitación 415 del hospital de Pontevedra, a ser “el paciente”. El paciente que durante casi 80 años ocuparía la habitación citada, la única del centro sanitario con decoración a su gusto, con la cama orientada a la ventana para que Agapito supervisara cualquier cambio que ocurriera en jardín interior del centro. Agapito había pasado sus primeros años de vida en el servicio de pediatría para, con su paso a la edad adulta, ingresar ya para siempre, en el servicio de medicina interna. El servicio que le vería envejecer y en el que pasaría por dos amargos tragos: un cáncer de estómago del que fue operado y más recientemente un Ictus que lo dejó sin voz. En esta situación se haría más que patente que nunca que su única familia eran los profesionales que le atendían; profesionales que sabían interpretar las miradas de Agapito sin necesidad de palabras. Profesionales sobre los que, como ocurre en cualquier familia, Agapito mostraba sus preferencias. Pero no eran los únicos “familiares” que se preocupaban por él: sor Ana y sor Manuela, lo visitarían a diario durante casi toda su vida.

El personal sanitario sabía a la perfección las preferencias en lo que a comida se refiere de Agapito. Sabían de sobras que la sopa no era, lo que se dice su plato favorito, al contrario de lo que ocurría con el queso.

Pero, ¿cómo es que este hombre pasó toda su vida en un hospital, en lugar de en una institución especializada? Los responsables de la Fundación Sálvora saben bien el por qué: un juez se negó a que Agapito abandonase la que había sido su casa durante tantos años, para ingresar en un centro especializado, aduciendo que de trasladarlo, el paciente se vería afectado en su salud de manera negativa. Una sentencia tal como dicen en la Fundación Sálvora “excepcional”.

Agapito fue enterrado en un nicho de su propiedad, puesto que como discapacitado tenía derecho a una paga, que gestionó la Fundación. Unos cuarenta enfermeros del servicio de medicina interna se encargaron, por su parte, de la redacción y costeo de las esquelas de Agapito, tal como se puede ver en la sala de medicina interna. Y lo acompañarían junto con los miembros de la Fundación Sálvora en su último viaje, hasta el cementerio pontevedrés de San Mauro.

Descanse en paz.

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