viernes, 4 de junio de 2010

Noche perpetua en Gaza

“Era una noche oscura de esas que sólo ante la ausencia del alumbrado público te permiten ver con claridad las estrellas y, de ese modo, imaginar por un momento el remanso de paz que debe ser el cosmos. De repente un haz de luz, un destello, seguido de un atronador estallido me saca de mi privilegiado observatorio. Veo a mi madre que corre saliendo de las ruinas de la casa hacia mi, y me toma en brazos. Llora, grita y se desespera, hasta que por fin la Media Luna Roja llega; es una pequeña furgoneta habilitada como ambulancia, que atestada de heridos, nos recoge a mí y a mi madre, que sigue llorando, maldiciendo.

Sin previo aviso, la ambulancia llena de heridos se detiene; no hemos llegado al hospital; un tanque israelí nos bloquea el paso. La situación se prolonga por varios interminables minutos en los que, poco a poco, los heridos pasan a ser muertos ante la falta de asistencia. La ambulancia, encañonada por el merkava israelí, sigue detenida, con sus identificaciones de vehículo sanitario –Media Luna Roja- que, en teoría, sólo en teoría, en un mundo perfecto, la hacen inmune al fuego de los bandos enfrentados, perfectamente visibles. Los sanitarios hacen dos o tres ademanes de arrancar, pero se ven frenados por el amenazante movimiento de la torreta del tanque. Más de media hora después, el merkava se retira, y la ambulancia, con más muertos que heridos a bordo, emprende la carrera hasta el hospital. Por fin llegamos. Es un caos, no hay corriente eléctrica y el bloqueo israelí sobre mi tierra, Palestina, no permite la entrada de los suministros médicos para la atención hospitalaria, ni el combustible para los generadores de los hospitales. Al fin y ante los gritos de dolor de mi madre, un médico me toma en sus brazos; es joven y tiene unas marcadas ojeras y el rostro demacrado, tras una jornada de duro trabajo en un hospital localizado en zona de guerra, de bloqueo unilateral israelí. No siento dolor, sólo un leve sueño que, conforme pasa el tiempo, se hace más intenso. El médico a penas le dice unas palabras a mi madre, que llora desconsolada mientras me alejo llorando de ella; el medico me dice que no me duerma, me anima a seguir con él.

Y me veo en una sala verde, con una gran lámpara apagada en el centro y una fría camilla en la que unos médicos manchados de sangre me colocan. Me siento asustado, por primera vez desde que aquel rayo apareció y me sacó de mi privilegiado observatorio de la estrellas. Los médicos gritan, y un señor con una cámara de video, de una agencia de prensa occidental, entra en la sala. Ya no recuerdo más.

Me despierto cinco días más tarde en una cama extraña, con mi madre al lado; me duelen las piernas y estoy muy cansado. Sólo quiero dormir. Mi madre llora de nuevo mientras llama al doctor. Éste es un hombre mayor que me mira, con una cara de ligero asombro y tal vez también de una cierta indeferencia. Me examina y le dice a mi madre que me pondré bien. Que he tenido mucha suerte. Suerte de salir vivo, pues no había antibióticos para ponerme, ni tan siquiera calmantes para el dolor y la fiebre. Faltan desde hace meses por el bloqueo de Israel a la Franja de Gaza. Bloqueo de Israel, con la complicidad del resto del mundo que calla cobardemente. Suerte de que, cuando me operaron, un cámara de televisión usó la lámpara de su cámara para iluminar el trabajo de los médicos.

Mi madre llora, mientras me acaricia el pelo; le pregunto donde están mi padre y mis hermanos. Mis tres hermanos mayores. Entre lágrimas me dice que ya no volverán nunca pues han muerto en el bombardeo israelí contra una instalación de Hamás que había al lado de nuestra casa. Eso era el rallo. Eso era el estruendo. Un misil. Cuando le digo a mi madre que me duelen las piernas mucho, me dice que no es posible: ya no tengo piernas. El misil israelí me las destrozó y los médicos sólo pudieron cortarme las piernas para salvarme la vida. Mis piernas. Ya no podré jugar más al fútbol al salir de clase con mis amigos. Ya no podré ser un futbolista en Europa; y ya no podré llevar a esa lejana tierra de paz a mi familia. Todo por vivir en un lugar que no escogí, por estar mi casa en un sitio donde no debía. Por un puñado de fanáticos israelíes y palestinos, que no son capaces de parar de matarse. Por el silencio cómplice de Europa, de Estados Unidos. Del mundo. Un silencio que también mata. Pero he tenido suerte. A mi sólo me ha quitado a mi padre, mis tres hermanos, mi casa y mis piernas.”

Todos los personajes descritos son ficción; todo es ficción, salvo las situaciones que se describen y que se repiten día tras día en la Franja de Gaza. Situaciones que los descerebrados del movimiento radical islamista palestino Hamás y los asesinos sádicos del ejército y el gobierno de Israel han creado y se empeñan en mantener. Pero no nos engañemos, situaciones de las que somos cómplices por omisión. Cómplices por cobardes.

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