sábado, 3 de julio de 2010

Ni buenos ni malos, sólo es la guerra.

“Si usted me responde qué guerra es limpia, entonces yo le hablaré de la guerra sucia contra ETA. Porque ninguna guerra es limpia.” Esas fueron las sabias palabras con que el fallecido Teniente General Sáenz de Santamaría –abuelo si, en efecto, de la portavoz del PP- contestaba a la pregunta del periodista sobre la su presunta implicación en la guerra sucia contra ETA. Había grabado esa entrevista antes de su fallecimiento, con la condición de que únicamente se publicase una vez que él hubiese muerto. Y así se hizo.

No sé muy bien el por qué, pero el escuchar esas palabras de un General completamente demócrata –bien que lo demostró en el 23-F, cuando ocupaba el cargo de Director de la entonces Policía Nacional-, comencé a hacerme preguntas. Preguntas sobre si, en situación de guerra es posible controlar a las tropas regulares impidiendo violaciones de los Derechos Humanos, haciendo uso correcto de las Leyes para tiempos de guerra. Preguntas de, partiendo de que la historia la escriben los vencedores, si la Segunda Guerra Mundial, la Primera Guerra del Golfo –aún no había estallado la segunda-, las campañas franco-españolas en el Norte de África o la mismísima Guerra Civil Española, habían transcurrido tal y como nos lo habían contado. Si el General estaba en lo cierto, y todo apunta a que así era, -no en vano había prestado servicio en el llamado Bando Nacional en la guerra española-, no habría forma de evitar los excesos de las tropas regulares en el frente de batalla, donde es más que plausible, que las leyes queden apartadas y se imponga el “todo vale”, o dicho de otro modo, “al enemigo ni agua”. Y ya no hablemos de las milicias y fuerzas paramilitares que, con un control y disciplina militar inexistente son, en buena parte las responsables de los grandes crímenes que se comenten en la guerra.



Pero, la historia escrita por los vencedores, en ocasiones, se pone en duda, como ocurre en España tras la muerte del dictador Franco, en que los republicanos comenzaron a hablar abiertamente de los excesos, torturas, saqueos y abusos de las tropas y fuerzas paramilitares franquistas. Parecía que sólo el bando sublevado había cometido atrocidades en y tras la guerra. Y parecía que los milicianos y el ejército republicano habían sido unas fuerzas íntegras que no saltaron en ningún momento las leyes de la guerra.

Pues ni unos eran tan malos, ni los otros unos santitos, o viceversa (aplíquese la frase indistintamente a ambos bandos). Ya va siendo hora de poner los puntos sobre las ies. En efecto, el bando Nacional fusiló, torturó, enterró en fosas comunes a sus víctimas, lanzó a profundos pozos a los republicanos que caían en sus manos, dejándolos morir de forma lenta, desangrándose o retorciéndose de dolor durante días. La llegada del nuevo día, parecía anunciarse por las descargas de los pelotones de fusilamiento que, a la luz del alba, llevaban a efecto las condenas a muerte de los tribunales de dudosa imparcialidad. Pero la República no se quedó atrás, ni mucho menos. Quizás poca gente lo sepa, pero en Madrid, zona republicana hasta el final de la contienda, los milicianos republicanos se afanaron en mantener bien alimentados a los leones y otras fieras del zoológico, empleando para ello a los militantes de la derecha o a los prisioneros de guerra. Sí, como en la antigua Roma, parece que se divertían lanzando gente a los leones.


Y también en zona republicana se daban los buenos días con las descargas de los pelotones de fusilamiento. Así lo reconocía entristecido D. Manuel Azaña, el Jefe del Estado cuando el gobernador de Almería le comentaba que en su provincia, en septiembre de 1936, sólo se habían matado unas pocas docenas de personas. Azaña, respondía serio y contundente a tal declaración: “¡Matar es!”

Pero quizás sea más interesante para quien esto lea, el conocer que, en 1934, dos años antes del estallido de la nefasta guerra fraticida, que dividiría España en dos bandos y que, por desgracia, parece resurgir de nuevo por la incompetencia y falta de responsabilidad de nuestros políticos –léase Sres. Zapatero y Rajoy-, el Gobierno legítimo de la República, se afanaba en apastar todas cuantas revueltas proletarias –si, he escrito proletarias- surgían en el país. Así, los mineros sublevados en Asturias eran derrotados y triturados por las tropas enviadas por el Gobierno republicano a tal efecto desde el Norte de África. Tropas y operación, mandadas por…un joven General del Ferrol de nombre Francisco, y de apellido Franco. ¿Qué casualidades tiene la vida, no? Dos años antes de que se produjera el alzamiento militar, el mismo Franco servía con devoción a la República, represaliado a los mineros de Asturias.



Y no voy a entrar en los saqueos de las iglesias durante los primeros días de la República, ante la pasividad total del gobierno, ni en las quemas de las mismas, los asesinatos de curas y violaciones de monjas que se sucederían durante esos primeros momentos de la naciente República Española y que, tal vez pudieran ser simples hachos aislados y fruto del descontrol inicial de los organismos de gobierno del naciente estado.

Pero en lo que no me voy a callar, ni mucho menos, es en lo que sucedió en los pueblecitos de Casas Viejas y Castilblanco, donde una vez más, un puñado de infelices, intentaban la revolución obrera, no encontrando más que la muerte a manos de las fuerzas de orden público. En Castilblanco, la –para la República- represora Guardia Civil, lograba restablecer el orden, con sus métodos habituales en la época. Pero en Casas Viejas, la represión no llegó de manos de la Benemérita, sino del Cuerpo de Asalto, creado por la República para sustituir a la represora Guardia Civil. Una vez más, se controlaba la situación; pero no del todo. Un viejo anarquista conocido como “Seisdedos” se atrincheraría en su casa con sus hijos, nietos y dos vecinos. Los guardias de asalto, mandados por el capitán Rojas, prenderían fuego a la casa y ametrallarían a los que de ella salieron, sobreviviendo tan sólo 2 de los sitiados, un niño entre ellos. Pero ahí no quedaba la cosa; Rojas ordenaba una razzia por el pueblo y, en compañía de otros guardias de asalto, asesinaría a una docena de hombres maniatados.

Y podríamos seguir horas y días discutiendo lo que uno y otro bando hicieron, los crímenes, las tropelías, etc… y lo mismo en cualquier guerra –tras el ataque a Pearl Harbour, el Presidente de los EEUU ordenó la detención de de todos los japoneses que vivían en la nación y su ingreso en, pásmense ustedes, ¡campos de concentración!, en el desierto de Arizona-, pero creo que por hoy, y a título de ejemplo, es más que suficiente lo expuesto.

En una guerra no hay pues, ni buenos ni malos, justos o injustos y, si me apuran, ni tan siquiera, vencedores y vencidos, pues, todos pierden lo más importante: su humanidad y su dignidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario