viernes, 12 de noviembre de 2010

La educación a examen




Una legislatura más, ha sido imposible que los representantes del pueblo se pusiesen de acuerdo en algo tan básico como lo es la educación. El ministro del ramo, el señor Gabilondo, ocupó su Cartera con plena disposición a negociar, a pactar, a hablar, para conseguir lo que hasta el día de hoy nadie ha logrado: una reforma educativa duradera. Pero toda su disposición y sus ganas de trabajar han caído en saco roto. No ha sido posible. Quizás no interese.

El problema es que mientras se llega al imprescindible consenso en una materia crucial para cualquier país, los jóvenes españoles seguirán sufriendo las carencias y penurias de un sistema que se ha demostrado ineficaz; tenemos las tasas de fracaso escolar más elevadas de la Unión Europea. Y eso ha de ser por algo. Personalmente, he tenido la oportunidad y el dudoso honor de ser la primera promoción de alumnos de Enseñanza Secundaria Obligatoria, del Bachillerato y de los que vivimos el cambio de la EGB por el nuevo sistema de ciclos. Y he tenido la oportunidad de ver como quienes nos seguían en edad y, por tanto, en estudios se veían inmersos en un sistema que cada vez exige menos a los alumnos; así, cuando un alumno de la década de los 70 y 80 salía de los primeros cursos de EGB sabiendo sumar, restar, multiplicar y dividir, escribir más o menos decentemente y estudiar materias de volumen considerable, hemos ido pasando por una reducción progresiva de las materias; menos matemáticas, lengua castellana, menos ciencias; nada que ver, desde luego, lo que quien escribe estudió con respecto a lo que habían estudiado los de la generación precedente; el volumen de materia se había reducido considerablemente. Pero lejos de quedar así, la enseñanza se ha ido poco a poco convirtiendo en una formación de “mínimos”, por así decirlo, hasta el punto de que a día de hoy, los libros de texto muestran grandes fotografías y dibujos, textos resumidos en extremo y, por si fuera poco, no sea que los niños se estresen, al final de cada párrafo, un resumen en negrita de no más de dos líneas. Y el fracaso sigue sin bajar. Más bien al contrario, sube cada año.

Todavía no tengo muy clara –nadie lo tiene- la causa de que los alumnos sean incapaces de memorizar pequeños textos ultra resumidos cuando teniendo su misma edad, las generaciones precedentes deglutíamos y procesábamos gruesos textos, de los que éramos capaces de efectuar resúmenes extrayendo los contenidos realmente importantes de entre el volumen de datos que se nos presentaba. Y surge, cada día más una ligera idea del por qué de esta diferencia: estamos tratando a nuestros pequeños como idiotas. Si, como idiotas; presentándoles cuatro conceptos básicos, dándoles todo mascado y digerido, sin por tanto, forzar sus pequeños e inmaduros cerebros a desarrollarse por completo. Y es que el cerebro humano es una máquina perfecta, que requiere no obstante de un cuidadoso engrase. Y ese engrase sólo se consigue forzando la máquina poco a poco, sin pasarse –no sería de recibo que en primaria tuviesen que leerse El Quixote-. Porque el cerebro, al igual que el cuerpo humano en su conjunto, se rige por las leyes de la naturaleza y la física; esto es, buscando una situación de estabilidad con el mínimo de energía, de modo que cuanto menos ejercitamos el cerebro, menos capacidad tendremos de aprender, más nos costará estudiar y desarrollar al máximo nuestras capacidades intelectuales. Con una particularidad de importancia capital: estamos hablando de niños en plena época de desarrollo y crecimiento intelectualmente hablando, de modo que si no aprovechamos esos momentos donde la plasticidad cerebral es máxima, para engrasar y calentar a fondo la máquina, luego será demasiado tarde.
Y los profesores lo dicen: “cada día se les exige menos a los críos. Y los críos trabajan cada vez menos”. La cuestión vuelve a ser el por qué. Y el por qué se les exige cada vez menos deberían explicarlo sus señorías, que son quienes redactan las leyes de educación. Pero el por qué los críos trabajan cada vez menos es bastante claro, dejando al margen al cerebro y su engrase correcto citado con anterioridad: y vuelvo a repetirlo, los tratamos como idiotas; no ocupamos adecuadamente su tiempo de estudio, y les obligamos a tragarse a modo de chapatoria 2 líneas de palabras que han de saberse como el Padrenuestro, sin que exista una explicación previa que facilite el uso de ese resumen y que es, en ocasiones, imprescindible para formar y no para crear loritos que repiten a la perfección una o dos frases sin comprender nada de lo que dicen. Y puesto que los tratamos como si fuesen tontos, ellos que no lo son en absoluto, acaban por aburrirse y por pasar de estudiar esas 2 frases que no comprenden ni saben para qué les van a servir en el futuro, ya que en ocasiones los profesores, ni se molestan en explicárselo.

Pero parte de la culpa del fracaso escolar la tiene, al margen de los continuos cambios propiciados porque cada gobierno elabore su propia Ley de Educación, lo que hace imposible en la práctica que el propio profesorado pueda llegar a ampliar conocimientos sobre las materias para luego transmitírselos al alumno y estimularlo, la propia forma de ser de los españoles. Y es que somos unos burros. Y hasta llegamos a presumir de nuestra ignorancia; ignorancia que en ocasiones hasta se premia, como es el caso de que uno puede presumir de no hablar ni papa de inglés o de no haber pisado una biblioteca en su vida. Por el contrario, se sancionan con severidad ignorancias de otro tipo, como el no conocer los ríos y montañas de España –ahora de cada Comunidad Autónoma- o el no haber visto a la Selección Española ganar el último mundial. Y eso que, como comentaba en uno de sus últimos artículos en la revista Muy Interesante La Petite Claudine, centrándonos en los ejemplos del inglés y los ríos, el plan de estudios dedica sólo 2 añitos a la geografía y unos 10 como mínimo al conocimiento de la lengua de Shakespeare. Como diría un expresidentes del Congreso de los Diputados: “Manda huevos”.

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