domingo, 14 de noviembre de 2010

Por Carmela Díaz

“El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”. Teresa de Calcuta

He de reconocer que siento fascinación por la figura de Jesucristo a quien los Evangelios, además, atribuyen algunas de las sentencias más sabias del género humano; aunque tengo la sensación de que si volviese a nacer, no daría abasto expulsando mercaderes de los templos ni saldría triunfante frente a una tropa abarrotada de judas. Pero yo soy más de teresas de Calcuta que de papas romanos.

Eso no implica que reconozca -y respete- la figura de un Jefe de Estado que además es el líder espiritual de más de mil millones de personas y cabeza de la religión católica, mayoritaria entre los españoles: la Historia de nuestro país se vincula indisolublemente al catolicismo.

La Iglesia ha cometido terribles errores en el pasado -nada sorprendente hay en esta afirmación-, pero es una institución formada por hombres y las personas de cualquier condición erramos: la imperfección es implícita a nuestra naturaleza. En el presente, se encuentra alejada de la realidad y de la sociedad moderna en temas tan cruciales como la igualdad de la mujer -a la que continúa discriminando-, la forma de entender desde diversas opciones individuales la sexualidad del siglo XXI, o la permanente condena a los preservativos, cuyo único delito es salvar vidas en regiones donde las enfermedades de transmisión sexual son el pan nuestro de cada día. Deberían haber sido implacables con los sacerdotes pederastas -que además de delincuentes, son seres repugnantes-, pero es justo reconocer que por cada degenerado con sotana hay decenas de religiosos realizando una magnífica labor social, educativa, humanitaria, solidaria o caritativa a lo largo y ancho del planeta. Yo misma he sido educada entre curas a los que les atribuyo parte de mi conocimiento de las religiones (en plural), de la Historia Universal, de la Filosofía o de valores como el esfuerzo, la disciplina o una búsqueda permanente de superación personal.

Dejando de lado los pros, contras, luces y sombras de la Iglesia católica, fomentar rechazo desde las instituciones públicas a cualquier religión es anticonstitucional. Esa parece en ocasiones la actitud del gobierno de Zapatero, el mismo que acude presto a orar con Obama porque le debe resultar muy cool, pero emula al Correcaminos en cuanto el Papa pisa España -visita que nos ha dejado imágenes tan reveladoras como una atea genuflexa o los irreverentes de la corona de espinas en las primeras filas de la Sagrada Familia-. Que no es que yo ponga pegas porque Zapatero se largue a Afganistán -se puede quedar allí indefinidamente-, pero no deja de ser otra descortesía, una falta de respeto a los millones de católicos de los que es Presidente, cargo institucional que se antepone a fobias íntimas. Hasta debe haber perdido reflejos en uno de sus puntos fuertes, rentabilizar los efectos especiales del marketing: electoralmente, la imagen junto al Papa era más valiosa que huyendo de él.

Mientras Zapatero hace el canelo de nuevo y el Papa realiza desafortunadas declaraciones comparando la España contemporánea con la de la II República, parémonos a reflexionar sobre si lo que pensamos es lo que creemos, si lo que queremos creer no es lo que sentimos sino lo que nos conviene, o si lo que acabamos creyendo es lo que los demás esperan que creamos y pensemos.

La libertad del individuo de equivocarse o acertar es sagrada, al igual que lo es el respeto eterno hacia las creencias diversas que no convergen con las tuyas, porque la necesidad de creer se equipara a la libertad para creer.

“Una fe que nosotros mismos podemos determinar, no es en absoluto una fe”.

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