domingo, 3 de abril de 2011

¿Revolución popular o golpe de mano islamista?



Después de una larga temporada de parón (bien merecida, por supuesto), volvemos a agitar nuestras neuronas, con la esperanza de que como resultado obtengamos curiosas reflexiones, críticas constructivas o simplemente demos a conocer un poco más aspectos desconocidos de la sociedad, la cultura, la ciencia, la política y otros muchos aspectos del mundo en que vivimos.


Quería empezar esta nueva etapa siguiendo con el hilo del último post que compartí con vosotros, hace un par de meses, cuyo objeto no era otro más que dar a conocer a uno de nuestros más hermosos representantes de la fauna ibérica, el lobo pardo español; sin embargo, la situación de la actualidad en el norte de África, no me permitiría avanzar dejando al continente vecino en el olvido.


En los últimos meses, hemos visto como revoluciones aparentemente espontáneas y democráticas, se han propagado como la pólvora, terminando con décadas de dictaduras en países cercanos al nuestro, cuyos ciudadanos son, a fin de cuentas, primos lejanos o más bien dicho aún, hermanastros nuestros. Así, lo que empezaba en Túnez, se propagaba por el continente africano, llegando a terminar con el régimen autoritario de Hosni Mubarak, y continúa su expansión por Oriente Medio, atacando a regímenes autoritarios como el Sirio, el de Yemen y otros similares. Y desde luego, no pondré en duda, en ningún momento el derecho pleno de estos pueblos a tener un gobierno digno, democráticamente elegido, y que de una vez por todas, se preocupe por el bienestar de sus ciudadanos y non por el de su bolsillo. Todo eso sin olvidar un profundo respeto a los Derechos Humanos, asignatura pendiente en toda la región de Oriente Medio y Norte de África (muchas otras zonas del mundo también, pero no vienen ahora a cuento).


Sin embargo, no puedo quitarme de la cabeza ciertas imágenes, ciertos hechos que han pasado desapercibidos en los noticiarios de todo el mundo, como si, nadie se atreviese a escribir o hablar de ello, y que, siendo un poquitín malpensados –lo soy por naturaleza- nos deben poner en una sana alerta con respecto a todas estas aparentemente espontáneas revoluciones democráticas.


Y es que hay algo que, en el fondo, no acaba de cuadrarme. Las revueltas comenzaron en Túnez, un país al menos en la teoría y como se nos presentaba hasta hace tan sólo un par de meses, próspero y de los más avanzados del mundo Árabe, situación que ha quedado más que desmentida una vez que el “cuarto poder” se ha dignado a informar de lo que realmente se cocía. Así pues, Túnez inicia una revolución popular con la que el pueblo, la gente humilde logra derrocar al dictador (nunca entenderé por qué a unos dictadores se les llama por su nombre, o tiranos, mientras que otros son “presidentes”) e in
iciar un proceso de transición a la democracia. Hasta ahí, todo normal, es un hecho que la Historia nos ha mostrado en múltiples ocasiones: el pueblo oprimido, hambriento, vilipendiado por los poderosos, se levanta contra éstos e intenta imponer un orden más factible para ellos. Lo hemos visto en la Revolución Francesa, en la Independencia de los Estados Unidos de América, incluso en España, con las dos fallidas repúblicas, así como con varios períodos más o menos liberales por los que pasamos.


Sin embargo, el tiempo pasa y en este caso en concreto, de modo prácticamente idéntico a lo que ocurriera en Túnez, con el mismo procedimiento, otros pueblos oprimidos, hasta hace unos días temerosos del poder corrupto que les ahoga lentamente, repiten el proceso, y derrocan en algunos casos al régimen, o consiguen aflojar un poquito la soga que desde el poder les mantiene atados, ante el silencio cómplice de occidente.


Resulta no obstante de sumo interés que nos detengamos en estos hechos, y alejados del fervor democrático del que la mayoría de la sociedad hacemos gala, analicemos un poco más a fondo lo que ocurre a las puertas de nuestro patio. Y es que, sin duda alguna, a día de hoy no es posible derrocar un gobierno de forma espontánea, por muy multitudinarias que sean las manifestaciones o incluso por muchas comisarías y cuarteles del régimen que se asalten consiguiendo reducir sus efectivos, obtener armas y algunas deserciones por miedo o interés particular de quienes hasta ese momento eran el brazo ejecutor de las órdenes de los tiranos. En la época medieval, el siglo XIX e incluso a principios del XX, esto era factible ya que la comunicación de los gobiernos con sus brazos armados eran precarias, generalmente a través de mensajeros de caballería, con lo que, si las cosas se ponían realmente feas, la ayuda, la represión podía tardar tanto en llegar que era simplemente ineficaz. Esto sin entrar en las armas y capacidades de despliegue de las fuerzas militares o represoras.



A día de hoy, sin embargo, por muy atrasado que sea un país, si éste tiene un gobierno de tiranos, dispondrá de una eficiente red de comunicaciones que permita la llegada de las órdenes desde las sedes del gobierno a las unidades encargadas de las represión en cuestión de segundos; y la puesta en marcha de la maquinaria antiinsurgencia, por llamarla de algún modo, será casi instantánea y demoledora: carros de combate, coches, camiones….y tropas adoctrinadas y escogidas por su afinidad al régimen, armadas con modernos fusiles Kalashnikov – no tan modernos, pero igualmente eficaces y letales- que no dudarán en aplastar las marchas de los opositores, haciendo uso de todos cuantos recursos represivos sean precisos. De modo que el principal factor de éxito que tradicionalmente tendrían las revoluciones populares ya desaparece.


Y llegamos a otro hecho tan importante como el citado hasta ahora, que resulta, a poco que nos fijemos y pensemos con la mente bien abierta, imprescindible para que la revolución tenga éxito: la coordinación de las fuerzas sublevadas. Esta coordinación podría realizarse una vez cayesen las primeras comisarías o cuarteles en manos de los alzados, empleando las redes de comunicación del estado en beneficio propio. Sin embargo, es obvio que el estado podría estar y estaría al tanto de los movimientos y planes de los alzados, e incluso podría inutilizar esas importantes redes. El hecho es que en estas revoluciones populares, no se han notificado tomas por parte de la turba de cuartel o instalación alguna, atribuyéndose por parte de la prensa internacional y de los gobiernos occidentales la necesaria coordinación de las fuerzas alzadas al empleo de las redes sociales: Facebook, Tuenti, Twitter, etc… La verdad, los primeros días no me paré a pensar detenidamente en este hecho, pero es realmente improbable que se puedan coordinar acciones e incluso convocar movilizaciones populares por las redes sociales en unos países en los que, además de tener un acceso relativamente reducido a la red, dicho acceso es controlado o incluso proveído por el propio régimen, de modo que, como se ha visto que ocurre con China, el régimen puede suprimir el acceso a la red sin demasiados esfuerzos, y de hecho lo haría, con lo que sería imposible convocar ni coordinar nada por las redes sociales. Para ejemplo un botón, como se suele decir: de la guerra de Libia (de que hablaremos en otra ocasión) no tenemos más imágenes o datos que los que proporciona la OTAN o los medios de comunicación occidentales o no, desplegados con los rebeldes o las fuerzas libias. Ningún dato de Internet, ninguna imagen en Facebook, Tuenti u otras. Nada.



Y llegamos al final de la reflexión con un par de últimos hechos que cualquiera podrá comprobar por sí mismo. El primero de ellos, se apreció a la perfección en el caso de Egipto, donde las manifestaciones mayoritariamente estaban compuestas por hombres, jóvenes en su mayoría y tocados con los clásicos “kufiyya” además largas barbas, algo no demasiado frecuente en un país como el del Nilo, donde la población suele vestir más bien con un claro aspecto occidental. Las pocas mujeres que se veían en las imágenes de las concentraciones estaban por su parte cubiertas con el Hiyab, algo más normal en la mujer egipcia, pero en estos casos se trataba de velos integrales que recuerdan claramente a los portados por obligación legal por la mujer en Arabia Saudita y otros países islámicos. De hecho, en los primeros días del levantamiento los mayoritarios protestantes eran hombres y mujeres jóvenes ataviados occidentalmente, y que, con el paso de los días, fueron desplazados claramente por los segundos.


El último de los hechos que deben despertar la desconfianza con respecto a estos levantamientos populares (al menos en inicio lo eran), es que todos ellos se han llevado a cabo en países del Norte de África y Oriente Medio, áreas mayoritariamente de población musulmana moderada, pero en naciones donde el gobierno era o es claramente prooccidental, sin que eso quite de que se trate de verdaderas dictaduras.

Así las cosas, no me parece en absoluto descabellado, ni mucho menos, que detrás de estos movimientos populares se encontrasen grupos islamistas más o menos radicales, encargados de, en primer lugar, azuzar a las masas para que salgan a las calles, iniciando el proceso, llevando a cabo con posterioridad las labores de coordinación de los elementos levantados en armas o pacíficamente para obtener el éxito en sus propósitos que, de estar en lo cierto en estas reflexiones –muy personales pero creo que bastante acertadas – no sería otro más que el de establecer gobiernos islámicos, con un cuerpo de leyes basado en el Corán, y en el que hombre y, sobre todo mujeres, seguirían estando tan oprimidos o aún más si cabe que antes. Y sin olvidar que, tal como la OTAN reconoce en el caso concreto de los rebeldes libios, todavía no sabemos quienes son exactamente dichos rebeldes, como tampoco sabemos quienes son los que ostentan en mando de las distintas revoluciones, no siendo ni mucho menos descabellado pensar que detrás de todas ellas o de una buena parte al menos, esté la mismísima Al-Qaeda, o organizaciones dependientes de ésta. De hecho, el Libia, tal y como se informó en una única ocasión en los medios de comunicación, varias de las ciudades rebeldes se habían declarado como califatos islámicos, sin que se sepa a día de hoy si esta situación permanece (en cuyo caso, estarían amparados por los rebeldes) o si, por el contrario éstos han establecido una autoridad civil como al menos parece que se nos quiere hacer ver. Tiempo al tiempo, y veremos qué es lo que pasa, sin olvidar que, nos pese o no, el Norte de África no es sino el patio delantero de la Vieja Europa, algo así como el muro exterior de la gran piscina de la casa de campo europea que es lo que los romanos llamaron, con pleno acierto, el Mare Nostrum.

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