miércoles, 27 de julio de 2011

Piratas, corsarios y la Guardia Civil

Hace bastante tiempo, cuando este blog daba sus primeros y dubitativos pasos, como un proyecto en común entre varios amigos, dedicaba uno de mis primeros “post” a la Sociedad General de Autores, SGAE. En él, reflexionaba a título personal y en voz alta sobre el Canon Digital que los ciudadanos debemos pagar por la compra de productos informáticos varios, aunque hagamos un uso lícito de los mismos para guardar nuestras fotos, trabajos, datos profesionales, etc… con objeto de “proteger” a los pobres autores de los malévolos piratas. Reflexionaba, así mismo, sobre el propio término con el que los responsables de la SGAE y los medios de comunicación se referían – y refieren – en tono descalificativo a aquéllos que compartimos nuestros datos almacenados en formato digital, acto de mera solidariedad entre conciudadanos que siempre defenderé mientras sea eso y no medie ganancia económica de alguno de ellos, algo con lo que, por supuesto, nunca estaré de acuerdo ni defenderé, pues eso es, en verdad, lo que se puede definir como “piratería”: a partir del trabajo de otros, unos cuantos listillos sacan ganancia económica, lo que no debe ser tolerado.

Sin embargo, en aquel artículo, reflexionaba también sobre otro tipo de piratería, y no me estoy refiriendo a la que nuestras Fuerzas Armadas, en marco de la Operación Atalanta, combaten en aguas del Océano Índico; me refería – y sigo refiriendo – a la peor casta, raza, clase o como se le quiera denominar de pirata: aquél que comete sus abusos y tropelías con el beneplácito de un gobierno o nación, quien no sólo mira hacia otro lado cuando se cometen los atropellos criminales de éstos, sino que, además, fomenta sus actividades poniendo a su servicio las leyes – véase la infame e ignominiosa Ley Sinde – y poniendo a las autoridades policiales al “servicio” de los mismos. Son los repugnantes corsarios, individuos de peor calaña que el más repulsivo de los piratas ya que estos últimos son meramente criminales que, al fin y a la postre, acabarán pagando por sus fechorías como corresponde a cualquier Estado de Derecho, mientras que los corsarios, tan hijos de mala madre – como diría el gran Arturo Pérez Reverte – como los piratas, no sólo no pagarán por sus crímenes y abusos, pues están protegidos por las autoridades, sino que además tendrán la asistencia operativa de éstas y la cobertura legal precisa.



Piratas y corsarios. La historia viene de lejos, cuando en épocas pasadas, los galeones españoles cargados de riquezas del Nuevo Mundo eran atacados por los “terroristas” de la época, los piratas, que robaban las mercancías, asesinaban a los tripulantes y pobre de la mujer que a bordo estuviese… Y, como en toda guerra o conflicto – aun no siendo armado – aparecería más pronto que tarde la “guerra sucia”. El naciente Imperio Británico, decidía aprovechar la situación y mediante el otorgamiento de las Patentes de Corso, convertía a los sanguinarios criminales piratas en dignos súbditos al servicio de Su Majestad.

Con el paso de los siglos, creíamos que los piratas y los corsarios eran cosa del pasado, pero, una vez más, la historia se repite cíclicamente, y los piratas abundan a día de hoy en el Índico, en su versión más dura y sanguinaria; pero, según la SGAE, y ciertas autoridades y medios de comunicación, también hay una segunda clase de piratillas, mucho más cerca de lo que pensamos, y que asestan golpes a los bolsillos de los privilegiados. Son los piratas informáticos. Cuantas risas me he echado viendo los informativos de televisión en los que se anunciaban grandes golpes contra organizaciones delictivas dedicadas al pirateo de música.

Y es que, o te ríes, o te enfadas y acabas con una úlcera. Porque ver a las Fuerzas de Seguridad – fundamentalmente policías locales y, en menor medida el Cuerpo Nacional de Policía – entrar en los pisos de los piratas, casi como si se tratase de bandas de criminales rumanos armados hasta los dientes, correr detrás de un pobre inmigrante que para vivir vende unos discos piratas, o dando ruedas de prensa en las que se exhibe el material incautado en tan importantes operaciones policiales es, cuanto menos, para sonrojarse. Máxime cuando los corsarios informáticos, la SGAE y sus afines, nos sablean a todos los españoles con sus cánones digitales para que sus muy respetables dirigentes tengan unas pensiones millonarias y vivan de rentas aún cuando muchos de ellos hace décadas que no sacan disco. Porque vivir de rentas es muy “guai”, como diría Ramoncín. Estos mismos corsarios, bajo la protección de la señora Sinde y otros personajillos similares, se han dedicado a vivir la vida, con el sudor de los demás. Además de vulnerar uno de los más elementales principios del Estado de Derecho, el de la Presunción de Inocencia, ya que, a modo de la “guerra preventiva” de los señores Aznar y Bush hijo, nos han considerado a todos los españoles como criminales sin juicio previo, y nos han impuesto la condena del canon digital.



Pero los corsarios de Su Majestad acabarían por desaparecer y por ser juzgados por el más riguroso de los jueces: la Historia. Poco importó, a fin de cuentas, que en tierra firme se vistiesen con lujosas telas, que les otorgasen tratamientos pseudo nobiliarios en las cortes reales o que amasasen fortuna. Al final, en los libros de historia, se habla de ellos como lo que fueron: sanguinarios asesinos, asquerosos violadores de mujeres y vulgares saqueadores de barcos.

Y la historia comienza a repetirse con los piratas y corsarios de la informática en el Reino de España. Aquéllos que lejos de compartir sus archivos siguiendo el principio de solidariedad entre españoles, quisieron sacar “tajada”, lucrándose con tal actividad, los verdaderos “piratas”, han sido golpeados por la ley sin tregua, y deben seguir sufriendo, que duda cabe, su acoso. Pero los corsarios parecen haber tocado techo, y ahora les tocará caer. Hace pocos días, la Guardia Civil, registraba la sede los corsarios en Madrid, detenía a sus cabecillas – entre ellos Teddy Bautista, máximo responsable de la red corsaria – y ponía al descubierto la trama de financiación ilegal, desvío de fondos y Dios sabe que más que resultaba ser en realidad la Sociedad General de Autores. Ayer, la ministrilla de Cultura, por fin sacaba la cabeza del oscuro agujero en que la tenía metida, para venir a decir que las cosas no se habían hecho todo lo bien que se debiese. ¿Aún se enteraba ayer de eso, señora Sinde? ¿O quiere hacernos tontos a los españoles y españolas?



De lo que no cabe duda, es de que, tal y como ocurrió con los corsarios antiguos, los modernos están condenados a desaparecer, o cuanto menos a transformarse. Quizás, de ahora en adelante sean más cautos y moderados sabiéndose tan accesibles para la Ley como cualquier otro paisano de a pie. O tal vez vuelvan a las andadas, presionando al Gobierno de turno para seguir viviendo del cuento sin dar palo al aire, comportamiento que últimamente se les ha dado muy bien a los señores Sanz, Bosè y Ramoncín entre otros; comportamiento que, con la excepción de las armas empleadas por los asaltadores de caminos, hace que en los últimos meses, ciertos componentes de la SGAE parezcan más que ratas que abandonan el barco a toda prisa, unos simples bandoleros del siglo XXI. Pero por suerte, en 1844 se creaba con gran acierto en España, la Guardia Civil, y una de sus primeras funciones fue, precisamente, la de acabar con los bandoleros. Y no dudo ni por un instante que volverán a hacerlo, en este caso, contra los bandoleros digitales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario