martes, 24 de enero de 2012

Tiburón: El origen del mito.


Impresionante. Magistral. Terrorífica. A saber cuantos más adjetivos podríamos emplear para describir las imágenes y situaciones que el maestro del cine Spielberg nos muestra en su obra “Tiburón” de 1975. Porque, ¿Quién no se ha asustado en las escenas clave del film, en que el depredador devora a su antojo a sus víctimas? ¿Y cuántos nos poníamos en la piel del jefe de policía, ante la negativa de un alcalde de ciudad turística a cerrar las playas pese al riesgo, por no dañar la frágil economía de su localidad? Sin lugar a la más mínima de las dudas, Tiburón supuso, al margen de un éxito rotundo de taquilla, un punto de inflexión en los sentimientos del gran público respecto a los escualos. Y más en lo que al gran tiburón blanco, el súper depredador de la película se refiere. Pero, ¿hay algo de cierto en la citada película de culto? ¿O simplemente, Spielberg se sacó una nueva obra maestra del bolsillo?

Muchos esperarían, incluso desearían que todo fuese invención del genial Spielberg. Así, se bañarían en el mar con mayor tranquilidad. Pero, lamentablemente, la película tiene una marcada base real. Y más de uno se sorprenderá de saber que sucesos dieron lugar al film.

Pongámonos en situación. Corría el caluroso verano de 1916, en la costa este de los Estados Unidos de América. Mientras Europa se desgarraba en una contienda de proporciones dantescas, los americanos disfrutaban de la paz y la tranquilidad de encontrarse al otro lado del charco, sin poder imaginar que, pocos meses después, ellos se verían arrastrados al horror de la guerra de trincheras.


Tiburón blanco

En ese caluroso verano, las playas de unos EEUU en pleno desarrollo industrial, se ponían de moda entre los ciudadanos de las clases acomodadas, que pasaban sus vacaciones en pequeñas ciudades costeras, refrescándose en sus frías aguas y haciendo más llevadero el calor.

Para colmo de males, la ola de calor coincidiría con una terrible epidemia de poliomielitis infantil, de elevada mortalidad en los estados del norte, lo que aumentaba de forma considerable la población decidida a veranear en las zonas costeras. Y la costa de Nueva Jersey, era una de las elegidas.

Los sucesos dan comienzo el 1 de julio de 1916, en la bahía de Beach Haven, cuando un joven bañista, Charles Vansant es atacado mortalmente por un tiburón, a tan sólo metro y medio de profundidad. Varios bañistas acuden en su ayuda y logran sacarlo del agua, falleciendo debido a la gravedad de las heridas. Pasan tan sólo cinco días, hasta que el 6 de julio, en esta ocasión en Spring Lake, también Nueva Jersey, otro joven, Charles Bruder fallece por las heridas ocasionadas por un tiburón, en un nuevo ataque a escasa profundidad. Dos días más tarde, se producirán dos nuevos encontronazos, en este caso sin víctimas, con tiburones en el área de Jersey; así, en Asbury Park, un socorrista que patrullaba la playa en un bote de remos se encuentra con un escualo, al que ahuyenta a golpe de remo. Esa misma tarde, en Bayonne, en la bahía de Nueva York, un policía situado sobre una plataforma flotante, abre fuego contra un escualo que se dirigía hacia unos niños que jugaban en el agua. El agente, no logra abatirlo, aunque el escualo se retira. El pánico comenzaba a instalarse en la costa de Jersey.

Como primeras medidas para preservar la vida de los veraneantes y, por supuesto, la economía de las zonas turísticas, las autoridades levantan vallas de acero en torno a las playas más turísticas, con lo que, en parte, se resuelve la psicosis.

Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar. Todos nos sentimos más seguros en las aguas de los ríos, donde tenemos la certeza de que los escualos no puede llegar. Craso error. Al menos el gran tiburón toro es capaz de sobrevivir largos períodos en agua dulce, como dramáticamente se demostraría después de los sucesos acaecidos en ese cálido verano de 1916 en el río Matawan, Nueva Jersey.

El 11 de julio, Rennie Cartan, de 14 años, juega en una zona de poca profundidad del citado río, sufriendo arañazos varios que bien pudieron ser obra de los dentículos minúsculos que recubren la piel de los tiburones. Al día siguiente, el capitán de barco retirado Thomas Cottrel, cruzaba el río Matawan por un puente ferroviario, cuando divisó la silueta de un tiburón de considerables dimensiones ascendiendo río arriba. El capitán Cottrel intentó alertar a la población del peligro sin lograr que le creyeran, razón por la cual, a bordo de una pequeña barca de madera a motor, decide remontar el río alertando a los bañistas. Llegaría demasiado tarde para el pequeño Lester Stilwell, un niño de 12 años, epiléptico que jugaba en las aguas del Matawan con varios amigos, cuando de repente, es atacado por un escualo. Alertados por los amigos del pequeño Lester, la población se moviliza con rapidez para buscar a Lester, pensando que había sufrido un ataque de epilepsia y que por ello se habría hundido. Stanley Fisher, el sastre de la localidad, un hombre de 24 años y corpulento, se lanza al agua, y busca sin cesar el cuerpo de Lester. Cuando después de múltiples inmersiones Fisher emerge con el cuerpo de Lester, es repentinamente atacado por el escualo, que lo arrastra, provocándole graves heridas. Pese a lograr zafarse él mismo de las fauces del tiburón, Fisher fallecería pocas horas después por las graves heridas sufridas.

Pero el día no había terminado para el tiburón, que aguas abajo, atacaba de nuevo en el cauce del Matawan a Joseph Dann, un muchacho que se refrescaba en el río junto a unos amigos. En este caso, la fortuna quiso que el capitán Cottrel siguiera rastreando el río en su embarcación, acompañado de Jacob Jeffers. Ambos lograban arrancar de la boca del escualo al joven que, por fortuna sobreviviría al ataque, aunque con una cojera de por vida.



Tiburón toro

La reacción de las autoridades, tardía ya para los fallecidos consistió en tender una malla de alambre en Keyport, en la desembocadura del Matawan para evitar que el escualo volviese al mar y, de paso, recuperar el cadáver del joven Lester antes de que fuese arrastrado al mar. Paralelamente, el alcalde de Matawan, ofrecería una recompensa de 100 dólares a quien lograse capturar al escualo, lo que motivaría que decenas de hombres y mujeres, armados con rifles y dinamita, recorrieran el cauce del río en busca del tiburón.

El 14 de julio, a la par que se descubría y rescataba el cadáver de Lester, se descubriría que el tiburón había vuelto al mar después de romper la malla de alambre. El pánico se apoderaba de nuevo de la población de veraneantes, que decidían su vuelta a casa y dañaban seriamente la economía de las localidades costeras.

Debido a la situación creada por los ataques, el Gobierno Federal daría orden de eliminar los tiburones de las costas de Jersey. Centenares de escualos fueron pescados y se buscó en sus entrañas la presencia de restos humanos, siendo los resultados negativos. Sin embargo, en una mañana de Julio, un taxidermista neoyorquino que pescaba junto con un amigo en una pequeña embarcación, capturarían por sorpresa una hembra de jaquetón, esto es, de tiburón blando de unos 2,5 metros de largo. Llegados a puerto, al examinar el aparato digestivo del escualo, se descubrirían una masa de tejidos y huesos, en apariencia humanos, que fueron remitidos al prestigioso ictiólogo del Museo de Historia Natural de Nueva York, John Nichols, quien ya había postulado al comienzo de los ataques la hipótesis de que fuese un tiburón el responsable de los ataques y no una orca o una tortuga marina gigante, como hasta entonces se creía, el responsable de los ataques. Después de ser examinados por el Director del Museo, el Dr. Frederic Lucas, éste concluyó que el escualo capturado no había sido el responsable de los ataques, pues los restos pertenecerían a un hombre adulto que, presuntamente se habría ahogado y sus restos devorados por el tiburón. Otros análisis de los huesos, sin embargo, aseguraron que la tibia de 28 cm. de largo hallada en el tiburón, correspondería al joven Lester, toda vez que una costilla de varón, podría corresponder a otra de las víctimas.

Pero, así las cosas, cabe preguntarse si el responsable de los ataques fue realmente un tiburón blanco, como la gente creía. Recientes estudios realizados en 2002 por Fabien Cousteau, parecen demostrar que los niveles de salinidad del río Matawan, letales para un tiburón blanco, aunque fuese en marea alta. De modo que Cousteau, llegó a la conclusión, actualmente aceptada como válida, de que los ataques de 1916 producidos en el mar, habían sido obra de tiburones blancos, al tiempo que los ataques en el río Matawan, serían obra de uno o varios tiburones toro, escualos que, como citamos al principio de este artículo, es capaz de sobrevivir en agua dulce periodos considerables de tiempo, y que es mundialmente conocido por remontar cauces de agua dulce en busca de presas.

2 comentarios: