sábado, 14 de diciembre de 2013

El sendero de felices desencantos. Parte 1



Llovía.

Las gotas de agua golpeaban con firmeza el cristal de la pequeña ventana, mientras en la calle, la gente encogía los hombros como en un mecanismo ancestral de defensa contra aquella perenne borrasca. Sofía los miraba, incluso esbozaba una leve sonrisa. Era bastante cómico ese devenir errante mientras ella estaba cómodamente sentada al calor de un pequeño radiador. La habitación era pequeña, pero muy acogedora. Según entrabas en ella a la derecha había una cama de 90, una estantería metálica llena de libros y apuntes encuadernados. Al otro lado un estrecho armario de madera pasado de moda (típico de piso de estudiante) a juego con el cabezal de la cama y justo en frente, su espacio de estudio. En la mesa revuelta había notas, café, alguna foto, bolígrafos, folios en blanco y apuntes de último curso de Licenciatura en Periodismo. Solo faltaba el último paso, para poder llegar a ser lo que siempre había soñado; una contadora de historias, de tradiciones, un pulso de la actualidad, una buscadora de respuestas en el caótico baile de la rutina.

Le estaba costando un mundo terminar esas tres asignaturas, esas que se clavan en la autoestima del estudiante, que cuando entras en la facultad parecen pequeñas colinas, pero luego se transforman en verdaderas montañas, en carreras de fondo que marcan la diferencia. En esos pequeños tropezones que marcarán el viaje, y el cómo llegar a la meta. Al final uno aprende que no importa la distancia, si no lo que aprendes en el trayecto. Llegar es simplemente una consecuencia de lo acontecido. Un cúmulo de idas y venidas.

Sofía seguía mirando por la ventana. La mañana, a parte de lluviosa, era fría. Ese típico frío compostelano, húmedo como agujas heladas que se clavan en la nuca, como un trago de niebla, un desdén de escalofríos. Por el Preguntoiro seguía el trajín de viandantes que, como en una danza improvisada, se cruzaban miradas y algún que otro choque de paraguas. Además de algún peregrino despistado, podía observar estudiantes, señoras rumbo a la plaza de Abastos, comerciales apurados, furgonetas de reparto... el día a día santiagués en el reflejo de los charcos de piedra. Numerosos factores de peso específico para apartar la mirada del folio subrayado. Sofía seguía perdida en sus pensamientos, en recuerdos y en buscar fuerzas y motivación para correr la cortina. A veces el tiempo pasa tan deprisa que los días son como polvo en el viento. No pesan y se pierden en el cielo antes de que te des cuenta. Pronto llegaría Mayo. Y con él los últimos pasos del camino.

1 comentario:

  1. Un día frio y lluvioso en Santiago..... Si cambias a Sofía por tí nadie se daría cuenta...

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