sábado, 21 de diciembre de 2013

El sendero de felices desencantos. Parte 2

Otoño.
Las primeras hojas sin aliento de los castaños cubrían el camino que desemboca en la casa de Sofía. Aunque el chico del tiempo, como decía su abuela, dijo que el frío estaba a la vuelta de la esquina, los días se mantenían soleados y con una temperatura más que agradable. Desde la terraza se visualiza la gama cromática de ocres como en una cascada de letargo anticipado. Al fondo, las colinas dejaban paso a la gris piel de roca y al dulce precipicio que desemboca en el Sil, vestido con el verde oscuro de sus mejores galas. Sofía respiraba profundo los restos del Nordés abriendo la palma de las manos para sentir su caricia. “Esto es lo más parecido al paraíso” pensó, mientras perdía la mirada observando el vuelo de un pequeño y simpático gorrión.
Los días pasaban despacio y en su cuaderno de bitácora iba anotando con tinta de ayer lo que ese verano/otoño había deparado; risas, bicicleta, viaje a Roma, amigos, nostalgia, cachorritos de Lana, playa de San Jorge, conciertos, despedidas, corte de pelo, nuevo ciclo, disco de Quique González, boda de Paula, primeras palabras de su primo Andrés, amor pasajero, partituras….. Sentía que tenía la llave de miles de cancillas. Solo tenía que buscar, reflexionar y decidir. Y entrar con la ilusión y el nerviosismo de la primera vez y la responsabilidad inexperta el primer día.
 


No había prisa. Sofía creyó siempre que su oportunidad llegaría sin más. Solamente había que estar preparada. Se remangó el jersey y dejó a un lado sus pensamientos. Era hora de poner la mesa para la cena. ¡Y qué cena! Gran parte de la familia se había reunido para demostrar el buen gusto ancestral que tenemos los gallegos por la comida. Una pena que el vino nuevo aún no esté listo. Listo si que estaba el cocido, y el olor a castañas que subía lujurioso por las escaleras que dan al patio. El reconvertir un viejo bombo de lavadora en un asador giratorio había sido una idea fantástica. El padre del invento era su tío Javier, el cual no tenía nada que envidiar a MacGyver.  Era el manitas de la familia, capaz de coger un trasto inservible y reconvertirlo en algo funcional. Era el responsable de I+D+i de la familia. Sofía se reía mucho con él, aunque creía que pegarle una radio a una caña de pescar, para así poder escuchar los partidos del Deportivo mientras remontaba el río, tampoco se le podía considerar invento transgresor. Pero aún así se lo aplaudía.
La cena terminó con el típico baile de salón de botellas de licores caseros por la mesa. Mientras su padre colocaba el tapete y buscaba honorables rivales para jugar al tute, Sofía se levantó para recoger la cafetera y algún otro pocillo que quedaba disperso por la mesa. Entonces, en ese preciso instante, sonó el despertador.

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