sábado, 28 de diciembre de 2013

El sendero de felices desencantos. Parte 3 (final)


Tormenta.

Sofía se despertó sudorosa, y se incorporó tan súbitamente que se golpeó la cabeza contra el somier de tablas de la litera superior. Estaba tan frustrada de acabar así su sueño que apagó el despertador de una sonora palmada. Se levantó despacio y caminó con suma levedad los dos metros que le separaban del aseo. Eran las 5:30 de la mañana y no quería despertar a sus tres compañeros de habitación. Alguno acababa de llegar del trabajo.
Sofía encendió el fluorescente del baño que, como siempre, tardaba casi siete segundos en encenderse, después de parpadear insistentemente. Lo tenía más que cronometrado. “Maldito y asqueroso fluorescente” susurraba mientras lo miraba con la mayor cara de desprecio. En el pequeño y desquebrajado espejo observó aquel mar de ojeras epílogo de las pocas horas de sueño y preludio de las pocas que vendrán. La jornada de hoy sería demasiado larga. Y lo peor es que no había empezado todavía.

“Es el paraíso, la nueva tierra de oportunidades, muchos en tu situación ya se fueron, allí si te sabrán valorar…” Recordaba mientras apoyaba la cabeza contra el vagón del metro. El vaho de su respiración dibujaba una niebla en su mirada. Y en sus ojos un meandro de lágrimas.

Como casi todos los días no sabía qué le depararía la jornada. Trabaja para una empresa de mudanzas, y dentro de la misma, tiene un contrato a tiempo parcial con una empresa de trabajo temporal. Es uno de esos magníficos minijobs de los cuales hablan  tan bien en los informativos de televisión. Lo maravilloso de su contrato es que puede trabajar a cualquier hora del día, según le digan la víspera, por lo que no puede organizar una rutina semanal de manera normal. Bueno, esta semana sabía que tenía que trabajar 4 días en el traslado de unas oficinas administrativas de una importante maderera. Jornadas de nueve horas en una zona industrial alejada de su barrio, ya por sí el extremo del extrarradio de la ciudad. “Siempre puede ser peor”, pensó. Comenzó a llover.
Este trabajo solo era un pétalo de la maldita flor. Como muy tarde salía de trabajar a las 17:00 y de 18:30 a 22:00 se ponía el delantal en una hamburguesería sirviendo menús colapsados de grasas trans. Sobrevivir era la única opción. Pagar el alquiler del piso, la primera necesidad.
La mañana del sábado la empleaba en repartir curriculums por los principales medios de comunicación de la ciudad, y una batería de emails a los de todo el país. Existía demanda de periodistas españoles. O eso le dijeron. Por la tarde tiene trabajo en la hamburguesería hasta cierre. Por la noche solo piensa en dormir.
El domingo es su día libre, y normalmente queda con sus compañeros de piso. O de trinchera, como decían ellos. Dan una vuelta por el centro, debaten sobre sus sueños y  expectativas a corto plazo. Hablar incluso de medio plazo era una soberana locura. El problema era la tierna angustia de saber que mañana tocaba otra mudanza y más hamburguesas. Y más madrugones, y otro resbalón en la memoria, y mandar más curriculums, y otra llamada por Skype fingiendo la creencia de que las cosas van a mejorar. E intentar sentirse útil y valorada, cuando casi ya no confías ni en ti misma. 




IV

Septiembre.

Las uvas ya deben estar maduras”, susurraba Sofía mientras dibujaba un sol sonriente  en el cristal de un viejo vagón de metro.





Aquí termina el relato. Gracias a todos por vuestras lecturas.















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